Más acción y menos palabras

 carlos pulgarin

Por Carlos Pulgarín*
pulgarin@elredentor.com

¿Es nuestra práctica cristiana coherente con nuestro mensaje? ¿Por qué los evangélicos en Latinoamérica pensamos como pensamos? ¿Qué ha cambiado desde cuando los conquistadores españoles o portugueses llegaron a nuestras tierras? ¿Será que sin darnos cuenta hemos venido jugando un papel similar al que ocupó la iglesia católica desde hace más de 500 años: alineándonos con los ricos y compadeciéndonos de los pobres?

¿En este siglo y medio de desarrollo cristiano evangélico hemos venido construyendo una teología regional sistematizada o solamente se han dado esfuerzos aislados? Todas estas preguntas ameritan respuestasEl modo de pensar en Latinoamérica está marcado por el pensamiento feudal (castas, clases y privilegios sociales) que caracterizó a nuestros conquistadores, en el cual la promoción era por lo que se tenía y no por las competencias individuales.

Aún en nuestra sociedad contemporánea se refleja el modelo anacrónico español de esa época: siguen siendo aún más importantes los títulos nobiliarios, los apellidos y el poder económico que las habilidades que un individuo en particular pueda poseer. El poder político se desprende del poder económico. Nuestra clase dirigente es la misma, sólo que representada en nuevas generaciones. En últimas, nos siguen dando más de lo mismo.

En contraposición, y de manera tardía, algunos buscaron aplicar a la teología el concepto de la lucha de clases, bajo un sugestivo rótulo “Teología de la liberación”. A mi modo de ver el remedio, en este caso, resultó peor que la enfermedad. Si bien es cierto que la iglesia tiene una profunda deuda social con Latinoamérica, no lo es menos el hecho de que acudir a todas las formas de lucha (incluyendo las armas, la violencia) no hace otra cosa que convalidar la vieja máxima de que el fin justifica de los medios, y enraizar los odios y los rencores y no la reconciliación a la que nos llamó Jesús. Recordemos que nuestro derrotero está marcado por los principios bíblicos, mas que por la ética situacional.

Jesucristo vino a romper con los paradigmas: subvertir el orden religioso y social, perdonar al enemigo, llamar a la reconciliación, convivir con publicanos y pecadores. La orden de ir hasta lo último de la tierra llevando el mensaje de salvación, haciendo discípulos y enseñándoles todas las cosas que el Maestro enseñó (la fe, la esperanza y el amor), el mandamiento de hacer a otros (el prójimo) lo mismo que queremos que nos hagan a nosotros siguen estando vigentes.

El mensaje de Jesucristo es una ‘revolución’ pacífica, una Palabra que transforma, una ‘revolución’ que se levanta contra los sistemas preestablecidos que buscan devorar al hermano e irrespetan la dignidad humana. El mensaje de Jesucristo se levanta contra la hipocresía burocrática y el egoísmo estatal. En contraste, el mensaje amoroso del Salvador invita también a orar por los que están en las esferas de poder.

El doctor Juan A. Mackay a través de su experiencia como teólogo, educador y misionólogo, nos habla acerca del Cristo que no nos mostraron los conquistadores, ese Cristo que se quedó entre los místicos españoles, y que muy tardíamente llegó a Latinoamérica. “¿El que hace que los hombres no estén satisfechos con la vida tal cual ésta es, y con las cosas tal como son, y que les dice que, por medio de él, la vida será transformada, y el mundo será vencido y sus seguidores serán puestos de acuerdo con la realidad, con Dios y con la verdad?”. Este es el tema de Mackay en su libro ‘El otro Cristo español’.

La iglesia debe interesarse por la ayuda social con propósito. Esto nos lleva a pensar que no es mero humanismo, pues la medicina para el enfermo, la comida para el hambriento, la ropa para el desnudo, la educación para el que no la tiene, no es otra cosa que la religión sin mácula de la que nos habla Santiago (1:27). Pero ese mismo versículo, no olvidemos, nos invita a guardarnos sin mancha del mundo. Romanos 12:2 nos advierte también que no debemos conformarnos a este siglo y nos anima a renovar nuestro entendimiento para comprobar la voluntad de Dios agradable y perfecta.

El propósito de la ayuda social es que el mundo vea a Cristo, quien es la cabeza de la Iglesia. Brindar solamente ayuda social (humanismo) es alimentar las necesidades físicas en el tiempo presente para mandarlos luego a una eternidad al infierno.

La ayuda social no es el fin, la ayuda social es el medio. Sin bien es cierto, que Jesucristo dice que a través de muchas tribulaciones entraremos al reino de los cielos, hay que recordar que no es el sufrimiento el que nos lleva a Dios, es su Hijo Jesucristo el que nos conduce al Padre. El evangelio de Juan nos recuerda que Jesús, el cordero perfecto, es el camino y la verdad y la vida.

Latinoamérica no necesita una teología de la liberación que aumente los odios entre las clases sociales, nuestra región clama, mas bien, por un cristianismo auténtico que sea sensible a las necesidades del otro, del vecino, del compañero de trabajo, del que sufre, del que busca y no encuentra. Que las obras sean el reflejo de nuestra fe. Caminar con Cristo en el día a día implica ser su voz, sus brazos, sus piernas. ¡Cuánta falta hace voces que proclamen en el desierto de la vida el reino de Dios! Voces que anuncien su misericordia, su consolación. Dando de gracia lo que ya hemos recibido de la misma manera.

En un mundo cubierto por tinieblas espirituales, el cristiano está llamado a compartir la luz de Cristo, a llevar el pan verdadero, el alimento espiritual imperecedero. La Biblia dice que somos la sal de la tierra, sal que no solamente preserva sino que además le da sabor y esperanza a la vida. La Escritura también nos manda a que seamos luz, verdaderos agentes de cambio. Y somos luz no porque tenemos luz propia, somos luz porque brillamos con la luz de Jesús.

Los cristianos auténticos, nacidos de nuevo, regenerados por el poder del Espíritu, deben transmitir un mensaje coherente, siendo hacedores y no solamente oidores de la Palabra de Dios. El Maestro le dijo a sus discípulos: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). Dios demanda más obediencia y menos sacrificios. Hemos crecido en una cultura ególatra, una cultura que aún en los recintos cerrados de los templos hace más énfasis en el bienestar individual que en el colectivo. Pero la carta de navegación del cristiano (la Biblia) dice que más bienaventurado es dar que recibir. Y en una propuesta que contrasta sostiene que “dando es como recibimos”.

Ahora, este dar no se refiere a lo que algunos líderes seudocristianos, evangelistas de los medios masivos de comunicación, mercaderes de la fe que negocian con el dolor ajeno, propagan a los cuatro vientos: “siembre mil dólares y recoja cien mil”, “Dé los 300 dólares de la cuota mensual del carro y reciba y un vehículo nuevo”. No es de ese dar del que habla Jesús, es un dar del corazón, es de un dar de rendición de todo lo que tenemos.

Si aceptamos el mensaje integral del evangelio tendremos que reconocer que todo lo que tenemos es de Dios, y que Él demanda de sus administradores eficiencia y eficacia. Buenos siervos dan buenos rendimientos, bendicen a otros, apoyan la obra misionera y disfrutan de esos rendimientos mientras viven en la tierra, sin olvidar, claro está, que nuestra ciudadanía está en los cielos. Dar, compartir, es ser sensible a las necesidades del otro.

La verdadera libertad no es la que propone la teología de la liberación. La verdadera libertad es la que se halla en Cristo. El evangelio de Juan dice: “Y conoceréis la verdad (Jesucristo), y la verdad os hará libres”. Cristianos aunténticos, libres, que proclaman libertad a otros, es lo que Latinoamérica y el mundo necesitan. Más amor y menos odios. Más acción y menos palabras, esa es la clave.

Escríbenos a pulgarin@elredentor.com o llámanos a nuestras oficinas en Vancouver, BC, Canadá, teléfono: 604.659.4225. Más información en http://carlospulgarin.wordpress.comm

La zarza continúa ardiendo.

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Por Carlos Pulgarín*
pulgarin@elredentor.com

Dios sigue llamando a hombres y mujeres como tú. Corría el año 1951 cuando Jean Barsness, en obediencia, decidió que era hora de bautizarse. Fue un bautizo inolvidable. Mientras descendía a las aguas frías de un lago canadiense, la congregación rodeando la orilla entonaba: He decidido seguir a Cristo, no vuelvo atrás, no vuelvo atrás.  Y ese ha sido el himno de victoria de esta mujer de Dios, su estandarte de combate. “Caminar con Cristo no es una experiencia de un día, caminar con Cristo es vivir en comunión con Él, depender de Él, servirle completamente y sin reservas. Dios pone la agenda nosotros le obedecemos”, afirma sin titubeos.

Un misionero debe tener como meta conocer a Dios. “Cada día al levantarme de mi cama yo tengo la necesidad de encomendar mi vida al Señor, de manera que Él dirija y tome el control de cada paso. Al final de la noche hago un repaso, una evaluación de todo lo que ha sucedido. Esto me sirve para pedir perdón y tratar de enmendar los errores”, explica la doctora Barsness, fundadora de Cross Training Global, quien estuvo recientemente en Rio Grande Bible Institute, en Edinburg, Texas.

Cuando una persona empieza a tener una sensibilidad diaria hacia el Señor Jesús, entonces el próximo paso es el paso correcto. Es un caminar con Cristo en todos los eventos de la vida, en las cosas sencillas y también en las grandes. “Es necesario que desarrollemos esa sensibilidad hacia el Espíritu Santo, porque es muy fácil que como creyentes pasemos un día sin pensar en Él.

En la mente de Dios, en su forma de concebir las cosas no había diferencia entre discípulo y creyente. “Yo creo –afirma– que Jesús pensaba que un creyente era un discípulo”. Pero en nuestros tiempos existe una diferencia bien marcada entre lo que es un creyente y lo que es un discípulo”.

Con su buen español, Jean continúa diciendo: “Un discípulo no solamente está dispuesto a dejar todo, no solamente está dispuesto a morir, sino que además se sumerge completamente en la Palabra. En medio de nuestra cultura, tenemos la tentación de usar las cuatro leyes espirituales, poner el nombre de la persona que aceptó a Cristo en las estadísticas de la iglesia y ya. Cuando yo trabajaba en Panamá le preguntaba a las personas que querían aceptar al Señor: ¿has pensado bien en esto, en el paso que vas a dar? Yo creo que nosotros como líderes tenemos, en parte, la culpa, pues hay mucha gente que no entiende lo que es ser un discípulo”.

Jean aceptó al Señor Jesús a los 15 años (1949), mientras asistía a un campamento en Saskatchewan (Canadá). Sus padres eran cristianos, irlandeses. Ella había sido criada en un ambiente piadoso, pero en contraste desde los cinco años sentía un vacío espiritual en su corazón que día a día aumentaba. Este temor, recuerda, estaba representado en el miedo a la muerte, en la soledad que sentía. Sumergida en su propia independencia, cada vez se aislaba más.

En medio de todo este miedo, Dios estaba tocando su vida y Jean atribuye este mover del Señor como la respuesta a las oraciones de sus padres (¡qué importante es que los padres intercedan por sus hijos!). Ella tiene imágenes muy vívidas de cómo entregó su vida a Jesús, fue para un mes de junio, recuerda, y ya en septiembre estaba asistiendo a una escuela de secundaria cristiana, sumergida en un contexto piadoso, capillas todos los días por la mañana, estudios bíblicos, vida de oración.

Luego de terminar la secundaria, y mientras se decidía a estudiar enfermería en la universidad, por un año estuvo asistiendo a una institución educativa cristiana, para “matar el tiempo”, como ella misma dice. A sus 19 años estaba convencida que quería servirle a Dios costara lo que costara, pero no sabía cómo exactamente. Durante ese tiempo, el Espíritu Santo usó a misioneros que estuvieron visitando a los estudiantes y contándoles las historias maravillosas que el Omnipotente estaba haciendo en las naciones. “Ese día –sostiene– yo le dije al Señor, estoy dispuesta”. Luego de estudiar por tres años más en ese lugar estaba lista para ir a las misiones.

Jean se queda con la mirada fija en un punto imaginario, mientras trae recuerdos a su memoria, luego retoma el diálogo para decir: “Ahora que pienso un poco en eso, yo no fui una misionera al llegar a Panamá. En realidad yo fui una misionera desde el mismo momento en que en Canadá le dije al Señor: ‘Heme aquí, yo quiero ser tu sierva, úsame donde Tú quieras’. Desde ese momento yo le había cedido mis derechos a Dios y Él podía decirme a dónde me quería enviar”. Ahora, Jean estaba lista para seguir los pasos del Maestro, Jesucristo.

En 1955 viajó a Panamá, con el apoyo económico que recibía de amigos y personas que le conocían. No tenía el respaldo de una iglesia debido a que en el lugar donde vivía en Canadá no había una congregación evangélica en inglés, la que existía era en alemán.

Por 20 años estuvo sirviéndole al Señor en Panamá. El desenlace de su misión en ese país fue triste, su esposo fue secuestrado y hallado muerto días más tarde con signos de tortura. En medio del dolor que produce una tragedia de esta naturaleza, Jean viajó con sus hijos a Ecuador, pero Dios no les permitió quedarse allí. En sus planes estaba, entonces, ir a Canadá por tres meses para luego regresar a Suramérica. Dios tenía otro plan para ella: regresar a Norteamérica. En estos momentos ya tiene 26 años viviendo de nuevo en Canadá.

En esta nueva etapa, aprovechando toda su experiencia y conocimiento, el Señor la usó como instrumento útil para ayudar a preparar y animar a jóvenes que quieren servirle a Dios en el ministerio. Su viudez duró cinco años, pues Dios puso en su camino a un hombre temeroso y dispuesto a acompañarla. Uno de sus hijos ha servido por 12 años en Mongolia y ahora está aprendiendo árabe para poder presentar el evangelio en el mundo musulmán.

Ocho años atrás, Jean viajó a Vancouver, British Columbia, y mientras estaba en esa linda ciudad de Canadá conoció a un líder con el que compartió la visión de desarrollar un programa para preparar bien a personas que quieran comprometer su vida en el campo misionero. Hace cuatro años comenzaron en Calgary, Alberta, una escuela con un programa de un año que busca ayudar y equipar a los nuevos misioneros para traspasar las barreras culturales. En una preparación personal, cara a cara, en el que el programa es mediante el sistema de mentores, Cross Training Global está cumpliendo con éxito su misión (www.crosstraining.ca). La zarza continúa ardiendo. Dios sigue llamando a hombres y mujeres dispuestos a ceder todos sus derechos, tú puedes ser uno de ellos.

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Carlos Pulgarín cursa Estudios Bíblicos y de Teología en Río Grande Bible Institute (Edinburg, Texas), es consejero de reclutamiento en esa misma institución y colaborador de Radio Esperanza. Fue Asistente General del Tabernáculo Bíblico Bautista El Redentor y maestro de Escuela Dominical de esa iglesia, ex director y cofundador del periódico La Palabra y colaborador de Radio Bautista (Vancouver, BC, Canadá). Es licenciado en Comunicación Social y Periodismo (Colombia), trabajó por más de 10 años en diferentes diarios de Latinoamérica.

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